El primer poema que leí de Roque Dalton dice: “Ahora la ternura no basta. / He probado el sabor de la pólvora.” Comienzo a leer Cuarteto bolche con ese fragmento resonando en mi cabeza, y mientras paso las páginas siento que Lucas Tejerina escribe desde un lugar similar, donde la ternura se mezcla con el olor metálico de las armas, donde el amor y la pólvora se confunden, como si una revolución íntima pudiera encenderse con apenas una chispa.

Hay libros que se leen como un largo tiro al aire, otros como un tamborileo en el pecho, pero Cuarteto bolche se lee como quien intenta sostener entre las manos algo vivo y contradictorio: la edad en la que las primas fueron hermosas, el frío del que se hizo amor, esa risa que guarda un rictus de muerte. Tejerina escribe en un registro que se hunde en la memoria —propia, heredada, continental— para hablar desde la voz que confiesa: “estoy sintiendo el frío corazón que late / en el aliento de las obras en construcción”.
En esa mezcla de diario íntimo, bitácora revolucionaria y desvelo nocturno, aparece una pregunta que se repite como un latido: “¿y la revolución? ¿y la Kalashnikov?” Pero lo que estalla no es la épica fácil, sino una ternura brutal que se atreve a interpelar: “¿verdad que no vas a negarme / cuando vayan por mí a preguntarte? / ¿Verdad que vas a tener / los ovarios más hermosos del mundo / y no vas a negarme?”. Y entonces el amor ya no es ese espacio mullido donde quedarse; es un campo de batalla donde “del frío hicimos amor” y donde se reconoce, con crudeza y lucidez: “La maté con otra. /Besando a otra. /Cantando su canción / en el tímpano de otra”.
Hay un mundo que se derrumba y otro que intenta levantarse a los manotazos entre estas páginas. Un yo que no pedía nacer porque “no tengo aprecio por la vida”, pero que al mismo tiempo necesita “demorar mi muerte” escribiendo, amando, dejando hijos o dejando muertos, porque al mundo hay que legarle siempre un tendal, una marca, un filo. Un yo que extraña a Chávez, que pide perdón, que llora al padre, que dice: “si me ven no me saluden”, que confiesa que vive porque la risa es gratis. Un yo que también se mira al borde del abismo y salta, porque es “de los que saltan”.
La escritura de Tejerina tiene una fisura ardiente: el dolor transforma el lenguaje, lo quiebra, lo afila. “Cuando este dolor que ahora / me transforma el lenguaje / cese su rayo”, dice, como si escribir fuera una forma de esperar que el látigo encuentre otra espalda. Cuarteto bolche es también eso: un libro escrito desde un agujero (“Escribo desde este agujero / que es tu ausencia”), pero un agujero que late, que arde, que produce vida como puede.

Cerca, siempre cerca, la figura de la mujer —la amada, la perdida, la que fue, la que ya no será— atraviesa el libro como una herida que quiere cerrarse y vuelve a abrirse. “Nunca me aprendió a querer”, declara; pero también reconoce que “una parte suya me hubiera acompañado siempre”. En esas contradicciones se sostiene la intimidad feroz del texto: querer un hijo, no quererlo, querer morir leyendo Las nieves del Kilimanjaro, querer ser otro, querer seguir vivo.
El paisaje en Cuarteto bolche no es geográfico: es afectivo. “Tengo problemas geográficos / no psiquiátricos”, dice el narrador, mientras un río ancho le cruza el cuerpo y las mariposas bolivianas brillan sobre una piel que todavía puede sentir. Este mundo —su mundo— tiene abuelas tutelares, semillas maltrechas que alguien recoge de la tierra, cuerpos sembrados unos en otros, promesas de “nunca más volveré a tener miedo”. Y esa afirmación, que se repite como una oración civil, suena tanto a sobrevivencia como a deseo: nunca más volver a tener miedo, incluso cuando “no es feliz el hombre que me habita / estando quieto”.
Lo que queda, al cerrar el libro, es una sensación punzante: la de haber leído a alguien que se mira demoliéndose y aun así pregunta quién quiere ser demolido con él; alguien que ama y no ama, que quiere hijos y quiere muerte, que duerme más y se levanta más cansado, que no entiende por qué el amor no alcanzó “como para que el amor / nos deba un monumento”.
Cuarteto bolche es un libro que respira a contramano: mezcla lo político y lo íntimo, lo revolucionario y lo doméstico, lo sagrado y lo vulgar. En su música hay restos, hay heridas, hay brasas encendidas. Y en su centro late una verdad sucia y luminosa: “por lo que nos hicimos / y lo que nos debemos, / porque no pudimos / dejar de querernos. / porque estoy vencido.”
Y, sin embargo, sigue escribiendo.



Unas ganas de ir corriendo a leer Cuarteto Bolche después de esta reseña hermosa <3