sobre El veneno de Zulma Ducca (Funga, 2025)
escribe Claudia Masin
Esta presentación no es una presentación normal. Primero, porque ni a Zulma ni a mí nos gustan las cosas normales y la normatividad es algo contra lo que ella y yo luchamos, juntas y separadas, desde hace ya muchos años. Porque hace muchos años que Zulma y yo nos conocemos. Más de treinta. Y yo les quiero decir que lo que más me emociona y me maravilla de esta persona y esta artista es la potencia de su amor a la vida, la potencia de su rechazo al sufrimiento propio y ajeno. Ese es el motor de su arte, ya sea la música, ya sea la poesía. Afirmar el amor a la vida, aceptar el sufrimiento sólo para dejar de perder el tiempo en algo imposible, que es evitarlo, y desde allí buscar la manera de sanar. El veneno porta la medicina. Sólo navegando esas aguas infestadas de ponzoña de la infancia es que vamos a poder asomar la cabeza. Esa sabiduría es ancestral.

Zulma, como tantas mujeres, es loca y es sabia. Yo soy loca por ejemplo y no tan sabia como ella. Si buscan en ustedes mismas encontrarán diversas combinaciones de estas dos sustancias alquímicas que -combinadas- son el espíritu de las chamanas. Y no estoy romantizando la locura, estoy diciendo que las mujeres somos capaces de pasar años soportando violencias sistemáticas sin reaccionar porque nos han dicho que es de locas romper algo. De esa locura hablo. De la que, si tiene que romper todo, rompe todo y por eso, está interdicta.

Cuando no estamos locas, cuando somos bien cuerdas, si por casualidad o más o menos por casualidad sucede que se nos desliza algo de las manos, digamos un plato, el paradigma del género, y se estrella a nuestros pies causando un escándalo, no van a alcanzar las palabras de perdón en el futuro para aliviar esa culpa que nos escala por las piernas. Pero ocurre que a veces es necesario romper algo. Ocurre que a veces, si no rompemos algo, estallamos nosotras, estalla todo nuestro cuerpo como un plato cachado, que ya tiene la muesca hecha por donde va a producirse el quiebre inevitable. Entonces, porque Zulma sabe esto porque es loca y sabia, rompe algo. ¿Y qué rompe Zulma? La heteronormatividad, el especismo, el patriarcado, la vergüenza, la culpa, la tristeza, la enfermedad y la muerte que vienen atadas como un ramito de flores mustias, envenenadas. Pero no es, nunca fue formal Zulma, nunca fue muy atada a los usos y costumbres, nunca fue solemne y se aburre rápido. Si le digo a Zulma que está rompiendo la heteronormatividad, el especismo, el patriarcado, me va a contestar: no tengo tiempo, no me digas cosas que puedo encontrar en Google. Entonces le digo Zulma, lo que vos hacés en este libro es alquimia, no enarbolás ninguna bandera ni vas a ninguna manifestación ni cantás ninguna marcha. Cuando escribís estás en tu laboratorio haciendo operaciones alquímicas con materias orgánicas disímiles, extrañas, ariscas, difíciles de conseguir. Preciosas por eso mismo, porque son raras. Y las combinás en los poemas de maneras inusuales, de maneras anómalas, porque te harta la convención, lo vacío, la repetición idiota de lo mismo. Y porque solo la diferencia sana. Esa diferencia que salta cuando una menos se la espera. Yo no soy esto. Yo estoy hecha de estos materiales, pero puedo construir una molotov casera y hacerlos volar y recombinarlos. Eso es escribir, eso es estar loca, eso es ser sabia. Insubordinarse es escribir, es estar loca, es ser sabia. Amotinarse. Cuando el cuerpo repite la enfermedad del inicio, cuando la mente continúa el trazado prefijado como una respuesta de Google, una respuesta cansada de una máquina muerta, aparece el estallido y se abre en mil el camino que parecía ser uno u otro, nada en el medio, y a los costados el lenguaje fascista controlando que las palabras no se salgan de madre. Pero hay que ver qué hermoso es cuando las palabras de Zulma se salen de madre y se le cuelan al fascismo por la grieta, que es el lenguaje, su herida, allí por donde pueden entrarle las balas:
La mollera cerrada, la conexión cooptada por
drones informáticos anarcolibertarios
nacionalsocialismo multiliberal patriarcal
exterminar la vida de los seres que
no soy yo.
Todos tenemos ese germen, tenemos
todos los gérmenes habidos y por haber.
¿Cómo hacemos en el balcón el jardín la huerta
para equilibrar los yuyos con los tomates, las achiras
el maíz los bichos y los ojos de poeta?
Son plagas parásitos alimañas hay que combatirlos
hay que matarlos
dicen los de un lado y los del otro también
pero no lo hacen.
¿De dónde proviene la fuerza que me sostiene?
Del no
Una fuerza montada en el no es este libro. En un poema -perdonen la autorreferencialidad- digo que las personas raras, las que yo admiro, no son hombres ni mujeres, son fuerzas de la naturaleza. Cuando algo cambia, algo injusto, algo horrible, miren alrededor, allí están ellas. Han movido cielo y tierra. Escribí ese poema pensando en muchas personas, pero principalmente en Zulma, que siempre fue la abeja reina, la más rara de todas, la fuerza de la naturaleza por definición. Y siempre que algo ha cambiado cerca de mí allí estaba ella. Moviendo cielo y tierra. Diciéndote que no hace falta que seas la que te dijeron que seas, que no hagas caso, diciéndoselo a sí misma todas las veces que haga falta.

Este libro, El veneno es la historia del dolor. Del dolor personal y colectivo. De lo que nos enferma. De la búsqueda loca y sabia de una sanación que no deje a nadie afuera. Qué felicidad mezquina la de una persona sola mientras alrededor todo es llaga. Alguien tiene que buscar el antídoto. Y ahí va ella y nos dice:
Salvaje, sin tierra propia, consciente de una
posible inminente invasión de topadoras y con ellas
el paraíso vuelto puro cemento estéril. ¿Y hasta
cuánto aguantar? Aquí y allá, en todas partes
salvajemente triste ocupando chozas casas
aguantaderos taperas viviendo un poco de lo que se
descarta y otro poco consumiendo.
Salvajemente hippie india cabecita negra ¿no te
gusta trabajar? ¿no te gusta producir para que todo
se vuelva dinero?
Viajo hacia atrás sola y descangayada, sin retorno a
la civilización, ahogada de miedo, atascándome en
cada vericueto del camino, pero sigo hacia atrás
hacia las entrañas mismas de la que fui en otros
tiempos, hacia todo lo que nunca me fue enseñado.
Ahí va Zulma Ducca, viajando hacia atrás, nunca sola porque la acompañan todos los seres vivos, una especie de matriarca de los vivos, de los yuyos y las lagartijas, de los perros rengos y las crías de los pájaros de siete colores que lleva en la mano porque han caído del nido, de los vivos a los que no mira nadie, en los que nadie se detiene, la que le habla a las personas que piden en la calle y les toca el hombro y los abraza y se va y sale corriendo de vuelta y les deja un billete más y le parece poco y les da un beso y ya no sabe qué darles porque es tanto lo que falta y no se soluciona así no se soluciona pero tampoco pasando de largo como si no los viera, tampoco cortando el árbol hasta que quede el esqueleto mustio y no crezca nunca más nada, la violencia y la indiferencia siempre fueron hermanas y Zulma lo sabe.

Como hermanas ella y yo en la poesía y en la vida, inseparables, mi amiga más loca y más sabia, que no va a parar de romper hasta que de la rotura crezca un brote y otro y otro, hasta que nazca la hoja que trae el antídoto, la que trae una gota sola que hay que destilar toda una vida para que finalmente caiga.
Para terminar, les cuento una anécdota que nos involucra a las tres, a una herida y a una sutura. Una vez, fuimos a buscar a Paula que nos llamó desesperadas. Se había, creía ella, cortado un pedazo de dedo y se lo había, nos decía, seguramente comido el gato. La fuimos a buscar con Zulma en patrulla de salvataje, nunca me voy a olvidar de su cara de terror parada en la vereda con una toalla totalmente ensangrentada cubriéndole la mano. Nada más subir al taxi, Zulma la agarró del hombro, la miró a los ojos, y con toda la seriedad del mundo, sin buscar hacer el chiste fácil sino buscando genuinamente aliviarla, le dijo la única frase cierta en ese momento, la única frase que hacía falta: “calmáte, ya no está en tus manos”. La risa por ese rapto de sabiduría loca e involuntaria nos sanó a las tres en ese mismo instante. Finalmente, el pedazo de dedo sí estaba en las manos de Paula y su gato no había tenido ocasión de comérselo. Pero la cura, la sutura, había sucedido ya en ese viaje. En la risa irreverente que le dice a la vida: tiráme otra, que yo la atajo. ¿Cómo desarticular el mecanismo del dolor?, pregunta Zulma en este libro. Con insolencia, con bravura, con coraje y con amor -dice- te atajo el veneno y de paso te lo devuelvo convertido en antídoto.
Zulma, este libro es hermoso, pero hay muchos libros hermosos. Este libro es de los pocos que hacen falta.

