Paulina Cruzeño escribe sobre La mujer suelta (Funga, 2025) de Gabriela Álvarez
Hay algo más que un destino
aunque quisieras ahogarte
no podrías.
¿Que podría decir de estos poemas que no esté ya asomado y cosido sobre sus huesos? Más que marcar y releer, sentir sus fibras en mi cuerpo, un vaivén entre la garganta y el estómago, entre las piernas, también un alivio, una bocanada de aire que se convierte en tajo entre lo que se espera que digan y hagan las mujeres y lo que hace la escritura en este libro. Señala, indica, roza leve y hábil. Algo así como rasgar una tradición, siempre más parecida a un poncho de hierro o una telaraña que a un tejido de puntos flojos.
El cuestionamiento podría venir desde el saber, desde la explicación, un reguero de certezas sobre las destrezas de una mujer, las libertades, las licencias, pero en realidad lo que aquí ofrece Gabriela Álvarez son preguntas, como quien muestra las piernas, el hombro, un bretel del corpiño, la nuca, la boca recién pintada. Una mirada subvertida de lo femenino. Abre agujeros, silencios, enigmas para que cada quien deje tocarse o se corra, a cuenta de cada uno.
Entonces aparece la primera bofetada bien puesta, con la fuerza justa, esa que no aniquila, pero deja el cuerpo caliente para el combate:
¿Crees en lo que puedes cambiar?
Imagino la pregunta formulada con media sonrisa, pendenciera, provocadora como el roce de la mejilla con la uña recién afilada, una caricia que está a segundos de ser un tajo, un gesto irónico cuestionando el poder de la agencia, como si también hubiese una rebeldía en aceptar lo que hay, en hacer los acomodos, una libertad en el dejar fluir de las cosas y, en definitiva, que lo que se puede cambiar es gracias a un acto de fe.
Me pregunto si la comunicación
es algo que nos llega tarde
¿Será esta una posible respuesta? No es del lado de la palabra que a las mujeres nos llegará la absolución. La comunicación, que no es lo mismo que la palabra, las palabras/saben más de lo que veo. La comunicación, en cambio, esa ansiada coincidencia, reciprocidad, donde el otro entiende cada palabra que digo y viceversa, donde hablamos y todo es paraíso. Nos llega tarde. Antes de eso:
la intensidad del vacío
que nos penetra vivas
y nos deja rotas
Hay un alivio en no levantar la defensa y dejarnos atravesar por lo que falla, por lo incompleto, lo residual. La intemperie y la indefensión de sabernos tocadas por el destino y lo que no se puede cambiar.
nada nos sobra
tampoco el amor
(…)
¿Quién hizo este mundo a semejanza
de un dios en celo?
¡Qué alivio que el nombre de dios se acerque más a lo animal que a la brutalidad del amor!
Otra vez esta escritura se descuenta de lo absoluto y entrega sus armas a lo que no puede gobernarse.
Aunque no sepa distinguir/ la valentía, de la ocasión
la claridad de estos versos es un páramo, una sombra en medio del calor de los veranos del norte, de los mandatos. Alguien que lee el paisaje y sabe que su cuerpo se enreda con lo que hay y lo que falta. Algo siempre nos fue prohibido/y por eso el cuerpo creció.
Porque este libro pone sobre la mesa que todo saber siempre es relacional. No hay saber por fuera de las relaciones, de los vínculos, y esta escritura lo luce, lo lustra, lo muestra a contrapelo de cualquier expectativa.
Una mujer que fuma en lugar de árboles, su boca elimina la bruma del paisaje y pareciera que en ese aceptar y disponerse al estar, siguen las preguntas también por el pasado. ¿Cómo se lucen las herencias? ¿Como huelen los animales amansados? ¿Cómo encontrar un arma para domesticar un corazón tan bruto?
Te hablo frente a frente/ es mi placer
El miedo a morir sin complicidad no es quizás más que otro nombre de la soledad más ruda, más bestial ya la pregunta dónde quieres residirse la responde con el cuerpo.
La mujer suelta no como adjetivo, si no como una acción específica de desprendimiento y descomposición que, lejos de dejar al lenguaje trizado a cielo abierto, se mueve a tientas en la noche, alumbrada solo con las sospechas de una débil chispa. Esta mujer desarma las jerarquías de los lazos y las relaciones, solo permanece atenta a los humores del cuerpo, del paisaje, de las estaciones y sus herencias. A los detalles pequeños pero ocurrentes.
Es implacable en su desmontaje, no le teme a lo que se expande, a lo que pierde su forma para ganar consistencia
no hay amor que importe/más que otro.
Paulina Cruzeño
Mayo, 2026. Córdoba.
