En este momento estás viendo EL RACISMO QUE SUPIMOS CONSEGUIR (PARTE 1)

Lucas Emanuel Torres

En las últimas semanas, especialmente a partir de la relevancia mediática cobrada tras el mundial de fútbol 2026 y la final disputada entre Argentina y España, se ha instalado un debate mediático y sobre todo en redes sociales, que parece haber tocado una fibra sensible en la identidad nacional: la acusación de que Argentina es un país profundamente racista.

Figuras internacionales, como el actor Samuel L. Jackson, han llegado a calificar al país como el “más racista del mundo”, una afirmación que, si bien carece de un “racistómetro” que la valide científicamente, ha expuesto una ignorancia reactiva por parte de propios y extraños.

La respuesta defensiva suele ser unánime: se acusa al denunciante de ser “más racista” (especialmente si proviene de potencias como Estados Unidos o países europeos) o se niega la existencia del problema bajo el falaz argumento de que en Argentina “no hay negros”.

Sin embargo, un análisis de nuestra historia, nuestras leyes y nuestras prácticas cotidianas demuestra que el racismo en Argentina existe, y que ha sido exitosamente naturalizado e invisibilizado.

El primer gran obstáculo para reconocer el racismo local es el mecanismo de acusación cruzada. Cuando discursos provenientes por parte de figuras del exterior señalaron nuestras faltas, la respuesta argentina fue sacar el foco del problema propio para señalar la hipocresía del otro. Se argumenta que aquellos países comerciaron y esclavizaron a millones, olvidando —o ignorando— que la población esclavizada también llegó al Río de Plata y fue fundamental para la economía colonial.

Si bien en Argentina la magnitud fue menor y el destino de los esclavizados se dividió entre las minas de Potosí y la servidumbre doméstica de las clases acomodadas, la mentalidad colonial era la misma: el cuerpo negro era una “cosa” útil para el trabajo.

Un pilar fundamental de la negación argentina es el mito del mestizaje benevolente y la supuesta inexistencia de población afrodescendiente.

El argumento de que “como no hay negros, no somos racistas” es, en esencia, uno de los razonamientos más crueles. En principio porque no existen personas blancas como una hoja o negras como un carbón, sino que la blanquitud o la negritud son conceptos construidos a partir de diferentes matices de coloración que van desde el marrón oscuro hacía un caucásico un tanto amarillento y con un propósito de sometimiento explícito. Pero lo paradójico de ese argumento es que deposita en la existencia misma de la persona racializada la responsabilidad del racismo del otro.

A diferencia de países en donde existieron leyes de segregación explícita, donde el fenotipo afro prevaleció por la prohibición del intercambio, en Argentina se operó una invisibilización a través de un “mestizaje” que no fue tal, sino que buscó, simbólicamente, diluir la otredad para encajar en una premisa de blanquitud argentina. Esta búsqueda de la blanquitud no fue accidental, sino institucional.

Existe la creencia, de que todos los varones esclavizados murieron en las guerras de independencia. También de que la Argentina es inclusiva por mandato constitucional, citando a menudo la Asamblea del Año XIII. No obstante, es un error histórico afirmar que allí se abolió la esclavitud; en ese evento solo se dictó la “libertad de vientres”, lo que mantenía a las madres y varones nacidos con anterioridad en condición de esclavitud. La abolición real recién llegó en 1853, y lo hizo en consonancia con un modelo económico donde la esclavitud ya no era rentable.

Por otro lado, más revelador aún es el Artículo 25 de la Constitución Nacional, que establece explícitamente que “el gobierno federal fomentara la inmigración europea”, dejando en claro qué tipo de ciudadanos eran deseados para construir la nación y cuáles debían ser marginados y aniquilados .Esta marginación se traduce hoy en una geografía del racismo: una hegemonía blanca en el centro político, económico y administrativo de la república (CABA), predominando en este espacio una hegemonía blanca que es altamente visible en las jerarquías sociales y en los medios de comunicación.

Esta “blanquitud” se instaló como la premisa de identidad argentina. Frente a esto, se presenta un “norte marrón” oculto. Representa a las regiones del norte del país y a las poblaciones no blancas (indígenas y afrodescendientes) que han sido históricamente invisibilizadas y ocultadas por el relato oficial de la nación. El término alude a un fenotipo que no encaja en el modelo europeo deseado por las élites fundacionales.

Por otro lado, la supuesta benevolencia de las instituciones públicas también ha sido bastante selectiva. Históricamente, se ha intentado uniformar cuerpos y mentes; por ejemplo, en Santiago del Estero, hasta bien entrado el siglo 20, se castigaba físicamente a niños en escuelas rurales por hablar quichua, exigiéndoles el uso exclusivo del español para validarlos ante una mirada occidental.

Finalmente, lo más peligroso del racismo argentino es su naturalización. A diferencia de otros países donde existen movimientos supremacistas blancos visibles y mediáticos, en Argentina nunca fueron necesarios porque el racismo está imbricado en el orden social. Las víctimas suelen pasar del silenciamiento con frases como “estás muy sensible”, “es una broma” o “te lo digo de cariño” (invalidando su dolor), al tristemente célebre “gatillo fácil” o las detenciones por “portación de cara” .Incluso se llega a decir que llamar a alguien por su fenotipo (ser “negro”) es una “observación objetiva” y no un insulto (sin mencionar el famoso “negro de alma”), a pesar de que la negritud se utiliza sistemáticamente como carga peyorativa junto a otras exclusiones como la pobreza, la orientación sexual o el origen geográfico de países limítrofes.

Como afrodescendiente, considero que la incomodidad que generan las acusaciones externas es, en realidad, una oportunidad ideal para instalar un debate que difícilmente hubiera surgido de forma endógena debido a nuestra ceguera ¿voluntaria?

Es imperativo dejar de tratar al racismo como una “palabra extranjera”.

La Argentina es racista, y reconocer que este sistema de jerarquización ha sido parte de nuestro ADN constitucional, geográfico y cultural es el primer paso para dejar de invisibilizar a quienes, siendo compatriotas, siguen siendo tratados como una otredad ajena a la identidad nacional.

Algunas lecturas recomendadas

Me tomo el atrevimiento de recomendar algunas lecturas que considero importantes para comenzar a desandar el camino hacia el antirracismo:

• Aníbal Quijano (2019). Ensayos en torno a la colonialidad del poder. Ediciones del Signo.

• Emma Dabiri (2023). No me toques el pelo. Origen e historia del cabello afro. Capitan Swing Ediciones.

• Esther Pineda (2023). Ser afrodescendiente en América Latina. Racismo, estigma y vida cotidiana. Prometeo Editorial.

• Ezequiel Adamovsky (2024). La fiesta de los negros. Una historia del antiguo carnaval de Buenos Aires y su legado en la cultura popular. Siglo XXI Editores.

• Federico Pita (2025). Antirracismo. Pensamiento y praxis en clave afrolatinoamericana. Nido de Vacas Ediciones.

• José Luis Grosso (2008, 2022). Indios muertos, negros invisibles. Hegemonía, Identidad y Añoranza. Editorial Brujas.

• Magdalena Candioti (2023). Una historia de la emancipación negra. Esclavitud y abolición en la Argentina. Siglo XXI Editores.

• Marcos Carrizo (2018). África en Córdoba. Esclavitud, resistencia y mestizaje. Universidad Nacional de Córdoba.

• María Rosa Olivera (2026). La huella afro en Santiago del Estero. Esclavitud, afrodescendencia y disputas por la visibilidad entre la colonia y el siglo XIX con proyecciones contemporáneas. Bellas Alas Editorial.

Páginas web recomendadas

• https://diafar.org/

DIAFAR es una organización no gubernamental con más de diez años de historia. Sus siglas refieren a la Diáspora Africana de la Argentina, es decir que somos descendientes de africanos y africanas esclavizadas nacidos fuera del continente africano.

• En Instagram

@identidadmarron

Un grupo de personas marrones unidas para debatir sobre el racismo estructural en Latinoamérica y buscar respuestas a ello.

 

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