«Toda la literatura inglesa buena está hecha por irlandeses»
LINO: Estamos en la Feria Provincial del Libro de Santiago del Estero de 2025. De un tiempo -¿una década?- a esta parte la producción se profesionalizó y es habitual que lleguen figuras de renombre. Autores ganadores de premios y muy editados. Vicente Battista uno de ellos. Sabemos que no es la primera vez que vienes a Santiago. Empecemos hablando de eso.

VICENTE: Estuve en Santiago hace unos años, diez aproximadamente, junto con un grupo grande entre los que estaban María Pía López, Horacio González y Ricardo Forster. En aquella oportunidad mi ponencia fue hacer un símil entre Juvenilia de Miguel Cané y Shunko de Jorge Washington Ábalos. Establecía, desde mi condición de porteño, la diferencia esencial que hay entre la novela de Cané, que se refería al Nacional de Buenos Aires, ¿no? Cuando uno lee Juvenilia, que era una lectura prácticamente obligatoria en la secundaria, se encuentra con esa familia bien de la que Cané provenía y que el sufría porque sus papás se iban al campo y qué se yo. Comparo esa institución con la escuela de Shunko que podría ser la contracara del Nacional Buenos Aires. Comparo la valentía de los asistentes a esa escuela, la de los compañeros de Shunko, con la de los porteños.
Cuando uno lee Juvenilia, que era prácticamente de estudio obligatorio en la secundaria, uno se encuentra con la situación de un niño bien. Cané era de familia distinguida, digamos, y cómo sufría porque sus padres se iban al campo y se tenía que ir a un colegio en Buenos Aires, el más prestigioso de la ciudad y prácticamente del país. Y entonces comparaba con ese otro colegio al de Shunko, donde ese maestro rural monta una escuela que era la contracara del Nacional Buenos Aires. Ese poder lo sigue siendo, el de Cané y compañía. Entonces establecía un vínculo donde por supuesto Shunko era la verdadera enseñanza y no la de Buenos Aires. Sobre eso fue lo la ponencia de hace no cuantos años…
Eso después lo publiqué. Creo que lo publiqué la ponencia o parte de la ponencia en Página 12, pero no recuerdo. Tendrían que fijarme. Creo que Marcelo Ahumada me lo encargó antes de que gane Macri. DOS COLEGIOS DOS MIRADAS se llama la nota. Sí, es esta (N. del E.: hablamos por teléfono ambos con una PC abierta). Yo terminaba la nota diciendo que fue texto obligado en mis años de colegio y no lo sigue siendo. Tampoco sé si Shunko fue texto obligado en los colegios. Pienso que debería ser. En los sesenta y todavía hoy. No por el sentido político y social que sustenta, sino porque las andanzas de ese maestro rural y sus alumnos están infinitamente mejor narradas que las varias injusticias de ese jovencito porteño que año después promulgaría una ley discriminatoria y represiva. Miguel Cané es el autor de la ley Cané, je, que propugnaba echar a los inmigrantes de pensamiento peligroso. Una ley totalmente represiva. Eso se olvida. No suele decirse de Cané, lo de esa ley tan antidemocrática.

LINO: ¿El mismo Miguel de Juvenilia?
VICENTE: Es el mismo Miguel, claro. Acá está (N. del E.: dice y empieza a leer, está googleando en tiempo real.) Siendo senador nacional, presentó un proyecto de ley de residencia que habilitaba al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo, un modo eficaz de reprimir a las organizaciones gremiales, a los socialistas y anarquistas llegados de Europa, que por los medios de huelga y otros modos de protesta pudiesen perturbar la existente unión social. En 1902, el Congreso de la Nación sancionó la ominosa ley 4144, también llamada ley Cané, que fue finalmente derogada en 1958 bajo el biólogo de Noticias. Fijate que esa ley se mantuvo durante 56 años. Tremendo
Se derogó durante el gobierno de Arturo Frondizi, una de las cosas importantes o positivas de ese gobierno, fue derogar esa ley. Es importante reconocer que muchas veces los que nosotros creemos que son grandes próceres, son tipos que han hecho mucho daño. Y vamos hasta el hueso ya que estamos. Juvenilia es un libro menor. No me conmueve para nada. No me conmovió nunca.
LINO: Te voy a hacer decir eso en negrita. Yo soy de los que tienen la suspicacia de leer los actos, más que las palabras. Porque con las palabras uno quiere hacerse pasar por. Por ejemplo, al respecto de la posición de Freud con la homosexualidad. Si te pones a leer con cierto freudismo más duro puedes hablar todavía de una “perversión del objeto”. Pero él en vida participó de actos emancipatorios de la comunidad homosexual. Le mandó una carta a una mujer en Estados Unidos que estaba preocupada porque el hijo era puto. Y básicamente Freud le decía, no pasa nada, está todo bien, no está enfermo. Entonces es más valioso ese acto que lo que escribe en su texto.
VICENTE: Claro, pero Freud sí es un ejemplo a dar porque con su trabajo cultural e ideológico, bueno, abrió caminos, ¿no? Muchos caminos. Pero bueno, era un enemigo de otra gente más cuadrada que lo sigue considerando erróneo por “no ser científico”.

LINO: Ahora gracias al Rómulo Gallegos pasas a integrar un grupo de multipremiados junto con Ricardo Piglia, Mempo Giardinelli, Perla Suez, todos ganadores del Gallegos de novela. Con Mempo y con Ricardo compartes otras premiaciones además. Si bien pasó poco tiempo de la publicación de El simulacro de los espejos, ¿alguna devolución que te haya sorprendido? ¿Alguna hipótesis rara que te haya dicho alguien sobre lo que cree que el Lugar es?
VICENTE: Una cosa que me sorprendió fue unas felicitaciones que me envió Jorge Macri, el actual jefe de gobierno de CABA. Entendamos que Jorge Macri y yo estamos en veredas distintas, yo no comparto para nada su gobierno.
LINO: Obviamente que lo sabía de antemano, antes de escribirte.
VICENTE: Claro. Nunca negué que soy un hombre de izquierda, lo he sido toda mi vida, soy comunista, más allá de las directrices del partidarismo comunista argentino. Asimilo comunismo con cristianismo. Un mundo mejor para cada quien y de acuerdo a sus necesidades. Esa utopía me sigue manteniendo en pie. El mensaje era grabado, me felicitaba enormemente diciendo de mi aporte maravilloso a la literatura argentina y qué se yo, ¿viste? Un mensaje así, muy elocuente y elogioso. Le agradecí y le dije que contara conmigo. En lo referido al plano cultural.
LINO: Que le van a poner tu nombre, dice que le van a poner tu nombre al jardín municipal más concurrido de Vicente López. Que te quieren para el acto, para la foto.
VICENTE: (se ríe) No, no. Supera mis expectativas.
LINO: Dentro de dos meses, pará, no te arrebates. Le falta poco a la obra.
VICENTE: Siempre pienso, de algunos escritores que conocí, caso de Leopoldo Marechal, que hizo tanto. Lo conocí, lo traté mucho, con la gente de El escarabajo. Íbamos una vez por semana a su departamento, en la calle Rivadavia, al 2500 más o menos, cerca del Congreso. Formidable escritor, un fuera de serie. Digo más: un ser humano formidable, algo que no suele pasarte cuando conoces a grandes artistas. Los conoces personalmente, y cuando te decepcionan… me fui por las ramas, te estaba diciendo algo de Marechal, pero ahora no sé.

LINO: Te había hecho el chiste del Jardín Municipal con tu nombre, y…
VICENTE: ¡Ah,eso! El nombre de Leopoldo Marechal está en una de las calles. Hay un montón de gente a la que Leopoldo Marechal no les dice nada o para quienes es una calle nomás. No tienen la menor idea de que fue escritor. Con los actos consagratorios los nombres se mezclan tanto entre sí que hay confusiones. Alguna vez escribí sobre la calle Antonio Machado, que queda por acá por Parque Centenario, acá en Buenos Aires. Entonces, uno de inmediato dice, claro, están consagrando al enorme poeta que fue español, Antonio Machado, ¿verdad? Pero no es así, se llama Antonio Machado por Antonio Machado de Carvalho, que fue un navegante y comerciante, algo así como un comerciante de esclavos.
El esclavista sanitarista
Hay algo curioso ahí. En uno de sus cargamentos de esclavos vino trayendo, en el mil setencientos y pico, una vacuna antivariólica como nota de calidad de su carga, en el sentido de buena mercadería. Don Machado le dio esa vacuna al gobierno de Buenos Aires y por eso entonces el… no sé si el congreso o la legislación de la época decidió en honor darle ese nombre a la calle para que después se termine confundiendo con la del poeta. Algo escribí sobre eso, no sé donde estará, no me acuerdo si fue para Clarín que armé una notita con eso. Después buscá y te va a aparecer, ¿viste que está todo? (N. del E.: Pronto encontrarán la nota titulada Cuestión de nombres en nuestra sección Fuera del tarro)
LINO: No te voy a dejar pasar lo de “está todo”.
VICENTE: Bueno (se ríe). Está casi todo.
LINO: Tengo preguntas sobre la época de El escarabajo de oro y sobre Jorge Álvarez. Vos tienes experiencia de actor, eso no te puede dar ni la web ni la inteligencia generativa.
VICENTE: Acá lo encontré eh… se llama… Cuestión de nombres la nota sobre el Machado que no era el poeta.
LINO: ¿Estás cansado de que te hablen de Sucesos argentinos? Ojalá que no, porque tenemos varias preguntas. Además, no deja de tener actualidad.
VICENTE: (se ríe) Mientras hablen de mí, bien o mal pero que hablen.

LINO: ¿Te gustó el título traducido de Sucesos argentinos al francés? Le tango de l’homme de paille, El tango del hombre de paja.
VICENTE: No quedaba otra alternativa. Los editores de Gallimard impusieron el nuevo título. Para el libro argentino funcionaba porque era una referencia a un noticiero que pasaban cuando era chico antes de cada película. Duraba diez minutos y eran mayormente de comunicaciones del gobierno. Se abría con una animación musicalizada de un caballo que se acercaba a cámara, se ponía en dos patas y ahí aparecía el título Sucesos argentinos y con una voz en off. La referencia tenía sentido educativo para el que vivió esos tiempos y conocía el noticiero.
LINO: Se perdía el juego lingüístico con la traducción.
VICENTE: Claro. Exactamente.
LINO: Como La importancia de llamarse Ernesto. En The importance of being Earnest suena otro sentido que al traducirse se pierde por lo que podemos decir que es un juego intraducible.
VICENTE: Este hombre, el agente de Gallimard, me dice “mirá, queremos cambiarle el título” y propusieron, o impusieron de alguna manera (dice poniendo la voz más cavernosa) El tango del hombre de paja. No recuerdo que hubiera ninguna página sobre el tango. Ni una mención te digo más.
LINO: Era para dar “argentinidad” sin decirlo al público francés.
VICENTE: Claro. Lo del hombre de paja sí estaba bien, porque en definitiva era un hombre de paja lo que se construía en la novela. Y no es que yo fuera antitango. Todo lo contrario. Así que salió con ese nombre. Esto es algo que suele pasar (dice cambiando a un tono conciliador como si yo estuviese molesto y me tuviera que convencer) y a veces es para mejor. Por ejemplo con Gutiérrez a secas. El italiano no tiene expresión para decir lo mismo entonces le pusieron Semplicemente Gutiérrez que fue la traducción más apropiada que encontraron. Con esa novela me propuse eliminar al pronombre. Diciendo el nombre del personaje tantas veces descubrí un ritmo, una continuidad por la repetición. Entonces tenía que buscar un nombre que tuviera un buen sonido. Y tenía que ser un nombre común. Tenía Fernández, Rodríguez, García. La sonoridad de la rima de García te podía voltear varios párrafos de la novela. Fernández me gustaba.

LINO: Se iba a enojar Jeanmaire. Habiendo tantos apellidos ¿justo ése de sonoridad presidencial?
VICENTE: Tenés razón. Gutiérrez ganó por su erre (dice pronunciando con afectación exagerada la r). Está repetido en una cantidad de páginas increíble. Una cosa así como 1756 veces. Una vez que entras en el ritmo creo que funciona.
LINO: Disculpame si te menciono a otros. Pero queremos sacarte el jugo. Preguntarte sobre Jorge Álvarez. Tenemos curiosidad porque su carrera como productor fue increíble. Queremos saber tonteras y no otras no tan bobas. Si le gustaba bailar y qué visión tenía del consumo cultural.

VICENTE: Con Jorge Álvarez edité Los muertos en 1968, así que fue hace muchos años. La característica que me propuso Jorge para la tapa fue que estuviera una foto del autor en la tapa, cosa muy frecuente en la época. No la foto así tocándose la cara sino disimulada. En el caso mío había un cuento emblemático Los viejos, al que aludía el fotomontaje que hicimos, por entonces tenía pelo. Jorge tenía una librería, que se llamaba también Jorge Álvarez, en plena zona de Tribunales, sobre calle Talcahuano, entre Lavalle y Corrientes. Las otras librerías se especializaban en libros jurídicos y él montó una librería de ficción. Era muy pequeña. Había un primer piso al que se accedía por una escalera caracol. Se dispuso a ser editor y se convirtió en uno formidable porque recogió a los autores que recién comenzaban con su aventura de escribir y publicar. El que le dio el gran espaldarazo fue Manuel Puig… ¿estás ahí todavía?

LINO: Sí, por supuesto. Perdón. Voy tomando nota.
VICENTE: Puig tenía para publicar con Sudamericana La traición de Rita Hayworth. Tenía para elegir dónde en realidad. Estaba el editor Paco Murúa, un español que vivía en Argentina y tenía un gran ojo para encontrar autores. Cuando se entera Antoni López Llausás, que era el dueño de la editorial, que se trataba de un libro subido de tono, rechaza la edición. No iba a arriesgar su sello. Y se lo pasó a Jorge Álvarez y aquello fue un éxito inmediato. A partir de ahí él empezó a editar a todos los argentinos de ese momento. Estaban Castillo, toda la gente de El escarabajo, Germán García, Piglia, todo Piglia lo edita Jorge. Habíamos ganado el Casa de las Américas, él con La invasión, en la misma época todo.

Tenía una característica muy particular como editor. Decía por ejemplo: Crónica del divorcio o Crónicas de la burguesía, y juntaba a cinco o seis autores, de diferentes edades y países, que de costado tocaban el tema. Esas antologías salían una vez por mes y se vendían como pan caliente y le daban una fuerza a la editorial que se convirtió en una de esas editoriales, que son muy pocas la que tienen ese privilegio, que la gente compra por el sello editorial: “si lo publicó Jorge Álvarez tiene que ser bueno”. Como un signo de que un libro es digno de ser leído. Así pasaba con Anagrama también, entre otras.
LINO: Todavía funciona eso. Hay un circuito independiente, no quiero ponerme a nombrar sellos porque a los que no mencione se me lo van a ofender después.
VICENTE: Sí, pero esos circuitos independientes, que existen por fortuna, lamentablemente no tienen una salida comercialmente vasta como sí tenía la editorial Jorge Álvarez, que vendía tanto o más como Emecé, Sudamericana, Anagrama y demás, ¿te das cuenta?
Otra curiosidad de Álvarez, te estoy hablando del año 68 al 71 más o menos, uno de los autores que tenía ahí trabajando en la editorial era Rodolfo Walsh. Y, fijate lo que te estoy diciendo, le pagaba un sueldo mensual, una suerte de beca, para que escribiera una novela, ¿te das cuenta?
LINO: Increíble.
VICENTE: Es más, en uno de los diarios de Walsh dice “me siento culposo porque Álvarez me está pagando y yo no tengo tiempo para escribir esa novela que me ha pedido”. Eso pasaba en esos años y con un editor que después un día decidió tirar todo por la borda y cambiar de edición. Ya no más libros: ahora discos. Y recoger lo mejor del rock argentino.
LINO: Con Mandioca.
VICENTE: Sí. En ese momento el rock argentino estaba en pañales. Estaban naciendo Manal, Charly García, Pescado Rabioso viene después. Y, te digo, en esos años ser homosexual…la falta de tolerancia era una porquería y él tomaba sus recaudos.
LINO: Ya me parecía demasiado buen gusto para ser heterosexual.
VICENTE: Claro. Después se fue a España. Y cuando regresó, ya mayor, Horacio González tuvo la generosidad de incorporarlo. Horacio era director de la Biblioteca Nacional y le dio un cargo honorífico a Jorge en la biblioteca. Se le rindieron homenajes. Estuve en esos actos, los dos éramos mayores ya y murió poco tiempo después (N. del E.: el cinco de julio de 2015, en Buenos Aires). Pero bueno, por lo menos tuvo la suerte, nadie tiene la suerte de morirse, tuvo la suerte de ser reconocido en su propio país. Y hoy fijate a tantos años de eso seguimos hablando de Jorge Álvarez.
LINO: Es que fue importante, y más visto con perspectiva del paso del tiempo, porque además le fue mal en un sentido económico. Yendo a la quiebra con autores hoy consagrados. A todos los que mencionaste les sacó su primer libro. Abelardo Castillo, Ricardo Piglia, a Liliana Heker también.
VICENTE: Sí, claro. Liliana también. Si vos revisas el catálogo de Jorge Álvarez te vas a encontrar a los jóvenes autores del momento que él nucleaba. Y buenos autores, ¿eh? Porque seguro hubo manuscritos que se presentaron y no fueron editados, ¿no? No era editar por editar. Consideraba aquello que era digno de ser editado.
LINO: Envejecieron bien sus apuestas. Lo de la quiebra que te decía le pasó también con su sello discográfico Mandioca. Con su segunda marca, Talent, le va un poco mejor y con esa edita el que es considerado el mejor disco de la historia del rock argentino, Artaud, presentado como de Pescado Rabioso pero sabemos que ya era Spinetta solista. Está en todas partes el chabón. Increíble.
VICENTE: Sí, sí. Un tipo muy creativo evidentemente, con muchas ideas, y destacándose en todo ¿no?

LINO: Durante los sesenta trabajaste en la redacción de El escarabajo de oro. Escuchamos a alguien decir hace poco algo, que no sabemos si es insultante o no, y es que tanto énfasis en la última dictadura asesina un poco que opacó lo que pasó en los sesenta. En esos años tuyos en El escarabajo. ¿O eso habría que preguntarle a Gutiérrez?
VICENTE: (se ríe) Mira, para mí El escarabajo fue un momento esencial para mi vida literaria y mi vida personal. Yo leía El escarabajo de oro de antes, cuando tenía diecinueve o veinte años. Me interesaba, la compraba todos los meses. Era un lector asiduo. En ese momento ya estaba escribiendo periodismo y había otros dos compañeros de estudio que querían sacar, típico de estudiante, su propia revista cultural, literaria, y tenía un nombre que ahora no me acuerdo, que estaba un poco vinculado, después me enteré, con el franquismo de España, pero ahora no me acuerdo. Bueno, entonces yo dije: “conozco a El escarabajo porque lo leo así que veré de comunicarme con Castillo para preguntarle cómo es esto”. Así fue que conseguí el número y lo llamé. Quedamos en encontrarnos en La comedia, un barque quedaba en Paraná y Corrientes. Una tarde nos encontramos y nos pusimos a charlar y a charlar. Estuvimos un par de horas charlando. Entonces me dice “pero escuchame por lo que vos me decís la revista que están por sacar es una copia de El escarabajo”. Le contesto que sí, que era más o menos el camino. Ahí me dice “pero ¿por qué no te dejas de jorobar y te venís vos y los otros dos a El escarabajo? Y somos más gente trabajando en la revista ¿para qué va a haber dos revistas parecidas? Entonces hablo con mis compañeros, imaginate, me trataron de traidor, qué se yo.
LINO: ¡Puto vendido!
VICENTE: Lógico. Ustedes quieren sacar una revista para beneficio propio, yo no estoy pensando en eso sino en una revista cultural. Me dijeron que no. Por supuesto que la revista que planeaban nunca salió. Ahí empecé a conectarme con la gente de El escarabajo y a partir de ahí todo fue trabajar. Con un detalle importante: no era solo el trabajo intelectual, nos divertíamos como locos. La pasábamos muy bien haciendo literatura. No era un sacrificio, sino un placer, ¿te das cuenta? Fue muy bueno eso.

LINO: Mira todos los nombres que estamos mencionando. Me dan ganas de hacerle clic a cada nombre como si fuesen hipervínculos. Vamos a terminar hablando seis horas.
VICENTE: Y bueno, vamos.
LINO: ¿Conociste o leíste a Salvador Benesdra? Pregunto porque Sucesos argentinos ganó en 1995 el Planeta y Benesdra se había presentado con El traductor.
VICENTE: Ah, sí. Claro. Me acuerdo. Poneme un poco al tanto, ¿puede ser que se haya suicidado después?
LINO: Sí, en enero de 1996.
VICENTE: Claro, menos de un año después. No leí su novela y me cayó bastante pesado que se haya suicidado.
LINO: Te enteraste en el momento.
VICENTE: Me enteré del suicidio después. Y que era uno de los concursantes. Y bueno, como suele pasar en los concursos, que incluso lo bueno puede quedar descartado. Tengo experiencia participando, por suerte con algunos premios ganados, lo que me da pie para decir “mirá, no te creas nada de ningún concurso”. Cuando estuve nominado en el concurso Rómulo Gallegos cada premiado tiene que decir unas palabras, una especie de discurso, y eso después se edita en un libro. Por ahí lo tengo no me viene el nombre ahora. En ese libro están el ganador de ese año y los finalistas. Algunos de los finalistas te digo, te quedás sorprendido. Selva Almada, Sergio Bizzio, y figuras como José Donoso y Augusto Roa Bastos. Y de pronto el libro que ganó es inferior a otro de los finalistas. Nunca me creí que por ganar un concurso soy un crack o el mejor de todos.
LINO: O que por no ganar no vales ni aca.
VICENTE: Claro. Por eso si no gano me da tristeza. Si gano me pone contento, pero eso no significa que me crea uno de los grandes autores.
LINO: ¿Sabes qué pasa? Es una validación. Benesdra necesitaba esa validación como autor de narrativa.

VICENTE: Entiendo que eso te haga sentir bien con vos mismo, en algunos casos te sentís bien porque significa una ayuda económica. Cuando yo gané el Premio Municipal me puse muy contento. Me llamaron para avisarme que había ganado. Cuando corté pegué un grito triunfal y mis dos hijas, que por entonces eran chicas, me dijeron “Papá ¿qué te pasa?”. “Gané el Premio Municipal”. Me responden “Bueeeeno no es tan importante”
LINO: (risas)
VICENTE: Es porque me gané la jubilación. Porque el Premio Municipal significa un subsidio de por vida, hasta que te mueras. Eso se modificó con Horacio Salas, hay que tenerlo en cuenta, cuando trabajó en Cultura de la Municipalidad, porque con la devaluación del peso argentino, el importe cambiaba mucho, para mal, quedaba una miseria. No me acuerdo quién era que decía que no iba a cobrar el premio porque “sale más caro el taxi para ir al banco y volver que lo que tienen que pagarme”. Por eso como te decía Horacio propuso una ley en la que los premiados por la Municipalidad iban a tener el pago, regulado según el sueldo de una categoría superior de la Municipalidad. Cuando yo gané el premio el valor era de setecientos cincuenta pesos. El último que llegó era de novecientos cincuenta mil pesos. Sin la ley de Horacio seguiría cobrando setecientos cincuenta pesos.
LINO: (risas)
VICENTE: Por suerte se modificó. Para bien de todos los ganadores. Un premio importante como ayuda económica. Vos sabes que los escritores no tenemos un buen pasar. Tenemos que arreglarnos con trabajos periodísticos, talleres, cursos, charlas y demás que te hacen sobrevivir.
LINO: Imaginate que hay un espectro de autores, desde lo más vergonzante de la escritura en negro, escritura rosa, farandulera, etc. que le andan por detrás a las editoriales. Y después están los que son perseguidos por las editoriales. Y los que tienen agente literario. No serán muchos pero son.
VICENTE: Justamente el protagonista de Gutiérrez a secas trabaja de ghost writer y lo viví de cerca porque en los tiempos que viví en Barcelona trabajé en Bruguera, que era una editorial muy poderosa. Me pagaban para escribir libros… no me acuerdo, fueron un montón. Firmaba como Tomás Baeza. Sobre sociedades secretas, El infierno en veinticinco mil palabras, La cábala, los títulos eran cosas así. Los escribía para ganarme la vida. Donde mejor me iba era con unos libros de astrología, algo que ignoraba totalmente. Solamente sé que por haber nacido a fines de agosto soy de Virgo. Eran libros muy divertidos. El título era ponele Virgo los 365 días del año, entonces ponía algo del primero de enero, otra cosa para el segundo y así. Había unos números de la suerte que incluíamos, de cuatro cifras creo. Siempre fantaseaba “alguno de los que leen esta porquería también juegan a la quiniela así que capaz se gana un montón de plata gracias a estos números que le estoy dando”. Eso me alentaba un poco. Lo que hacía era irme al Mercado de San Antonio, que tenía unos estantes de libros usados. Ahí compraba los libros, atención, los mismos libros de Bruguera, ediciones anteriores sobre Virgo, o Aries. Yo estaba haciendo el año astrológico de, digamos 1974. El libro de Bruguera que me compraba era de 1968.
LINO: (risas)¿Con qué necesidad de Bruguera? jaja
VICENTE: Realmente. Siguiendo día a día los modificaba un poco. Los fusilaba, como se dice en España cuando copias. Lo que sí, tenía que cumplir ciertas reglas. Estaba Franco entonces por sugerir darle rienda a una relación con un amante por ejemplo podías terminar encerrado por “romper familias”. Esos libros que te comento eran los más fáciles de hacer y me sirvieron para ganarme la vida. Conozco ese trabajo por dentro.
LINO: Va a salir una hermosa nota, Vicente. Voy registrando todo.
VICENTE: Espero que te sirva.
LINO: Va a estar buenísima por lo extensa. Todavía existe una suerte de bastardeo al policial como género menor o de “puro entretenimiento”, algo que le pasó a la historieta mucho tiempo hasta que llegó Mafalda y Masotta para poder pensar a los “dibujitos” ya no de forma inocente sino como creaciones de alto vigor comunicacional: Literatura dibujada decía Masotta. Así se llamaba la revista que dirigió entre 1968 y 1969. Al bastardeo al cual me refiero lo escuché hace poco resumido en la posición “¿qué valor puede tener hoy una narración con soporte en la intriga morbosa?”
VICENTE: Estaba buena esa revista. Todavía tengo unas cuantas por ahí. Es cierto lo que decís. Lo viví en carne propia. Cuando empecé a leer libros ya era un devoto lector de historietas: Rayo rojo y Puño fuerte. Incluso escribí prólogos sobre libros de historietas. Cuando empecé con los libros, te decía, me hicieron sentir que lo anterior era una cosa menor. Y ya estaban historietas como El eternauta por ejemplo. Una historieta fuera de serie que no es la misma que la que hicieron para televisión, muy bien hecha por cierto. Lo que me impresionó siempre fue cómo resolvió el final, que no lo voy a decir por supuesto.
LINO: (risas)


VICENTE: Pero cuando se recupera la historieta, de la misma manera el policial, que es un género literario que se mantiene inalterable. No, inalterable no. Corrijo porque se va alterando, pero persiste desde que Poe inventara el policial moderno. Sigue existiendo y sigue siendo una lectura muy popular. Creo que nunca se dejó de leer. El propio Raymond Chandler, en su brillante trabajo sobre el tema, hace una comparación entre el policial y lo otro. Entra todo en la misma bolsa, lo bueno y lo malo. Prevalece lo malo y por eso es una literatura menor. Pero fijate vos lo que pasa cuando se meten dos grandes autores franceses, ajenos al policial, como fue André Malraux y André Gide. Malraux comienza a leer a Phyllis Dorothy James, que por aquella época se vendía en kioscos, y le dice a Gide “es un autora fuera de serie”. Hay cartas de ellos que tengo en la que dice “esto es superior a Hemingway”. Tal es así que André Gide, que era editor de Gallimard, le propone fundar la serie negra, que todavía existe, que es donde publica James y después Chandler. Cuando en EEUU llega la noticia de que Chandler y James, estos autores de kiosco, están siendo publicados por uno de los sellos más prestigiosos de Francia y toda Europa, entonces cambian las cosas. Ya no eran libros para tirar, “lo leo y lo tiro”, sino que lo guardo en la biblioteca. Junto a Faulkner, Proust y demás, ¿te das cuenta? Eso hace que la gente empiece a respetar al policial y no obstante eso hay un montón de autores que hacen lo mismo. Pienso en, pará que se me va el nombre ahora, uno inglés, contemporáneo, escribió varias novelas policiales y los herederos de Chandler lo autorizaron para que escribiera un libro continuando con sus personajes, libro que firma con seudónimo. Como que todavía le pesaba el resquemor “para lo serio con mi nombre y para el policial con seudónimo”.
LINO: Vos dices Ross Mc Donald. Que era el seudónimo de Kennet Millar.
VICENTE: No, no. Ese era norteamericano. Pará ya te digo, quedate ahí.
LINO: Sí, sí. Estoy acá. Tengo todo el tiempo del mundo (N. del E.: ¿será que se arrima hasta su biblioteca? Se va unos quince segundos).
VICENTE: Acá vuelvo. Te estoy hablando de literatura inglesa. Bueno, el autor era irlandés en realidad. Como toda la literatura inglesa buena, sacando a Shakespeare, está hecha por irlandeses. John Banville es un actor fuera de serie realmente. Tiene una serie de novelas de enorme nivel, montones de libros. Ganó el premio Franz Kafka por ejemplo. Y a la hora de escribir novela negra usa el seudónimo de Benjamin Black. El libro que te decía, es muy bueno, ¿eh? Se llama La rubia de ojos negros. Acá aparece Philip Marlowe, el personaje detective creado por Chandler, como te digo es formidable. Ahí en ese gesto se puede leer que seguía un resquemor… algo así como un “no me confundan, yo además escribo en serio”. Fijate vos que dos de los grandes como Raymond Chandler y Dashiel Hammett, cuando lees sus “no policiales” siguen teniendo ese clima del policial.

Entonces no me preocupa demasiado. Como te decía, el policial es un género que se revitaliza. Ponete a pensar. Si el policial se hubiese quedado en Conan Doyle o Agatha Cristhie, con Sherlock Holmes o Hércules Poirot hubiese llegado un momento en que se agotaría en sí mismo. La propia Agatha Cristhie escribe una novela formidable donde el asesino es el autor. Llega un momento donde no hay más vuelta que darle. Eso podría haber sido la muerte del policial como género. Pero aparece Hammett, aparece lo que después se llamó “el policial negro”. Revive otro policial. Un policial donde no interesa el enigma sino la escritura en sí. Hay una frase muy repetida. Que Hammett sacó el jarrón del living lujoso y lo tiró al barro de las calles donde realmente pasan las cosas, ¿no? Y cuando parece que ya está todo dicho en el policial negro aparecen los nórdicos sobre todo, una especie de policial que me lleva a Dickens. La historia se va para un lado y vuelve. Así son los nórdicos también.

LINO: ¿Cuáles nórdicos?
VICENTE: El que va en punta, con toda justicia, es Henning Mankell, un dramaturgo sueco que murió hace unos pocos años lamentablemente, creador del personaje este con el que se siguen haciendo películas y series, Kurt Wallander. Fue un gran escritor. Un hombre más bien del teatro. Se la pasaba seis meses en África y seis meses en Suecia. En Malmö vivía. Su héroe, el comisario Wallander, tiene un montón de contradicciones y demás. Mankell tiene novelas policiales y no policiales, las dos buenísimas. Hay un dúo también de guionistas escritores, Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt. Acá tengo un libro de ellos Secretos imperfectos, son también creadores de personajes emblemáticos. Después hay una mujer muy leída que se llama Åsa Larsson, también sueca obviamente, que también tiene una serie de novelas policiales de gran nivel.

LINO: Hay una tradición ahí claramente. Uno que sigue vigente a veinte años es Stieg Larsson, autor de la saga Millenium.
VICENTE: Ah, sí. Claro. Ése es bueno. Y se murió joven, antes de…
LINO: De pegarla.
VICENTE: Sí.
LINO: Este también es prácticamente un contemporáneo, como Hjorth y Rosenfeldt. Stieg Larsson murió en noviembre de 2004 y Los hombres que no amaban a las mujeres, el primero de la trilogía es de agosto de 2005.
VICENTE: Y se hicieron películas. Con esa chica que, bueno, es una aguda informática y tiene una inteligencia muy de avanzada, y que además está medio chapita y qué se yo. La novela es formidable.
LINO: Lisbeth Salander.
VICENTE: ¡Ella!
LINO: Soy lector de Stieg Larsson.El giro dramático de la trilogía es que su adversario principal, a quien ella quiere matar, a quien se nombra como “Zala” (apócope de Zalachenko), un ex espía soviético gran mafioso, es su padre. Ya la conocía a esa historia: No, I am your father (imitando a Darth Vader)
VICENTE: (risas) Como dicen los chicos ahora estás spoileando.
LINO: Sí.
(…)
VICENTE: Eso se sabe al final. Ella lo sabe pero el lector lo descubre al final.
LINO: No lo voy a poner así en la entrevista. Lo voy a hacer pasar como que vos contaste el final.
VICENTE: Te van a odiar.
LINO: No, a vos te van a odiar. Te voy a hacer decirlo a vos.
VICENTE: No, no (dice entre risas). Te hago un juicio.
(risas de ambos)
LINO: Poder de editor.
VICENTE: No, no. No me gusta hacer eso. Una vez que sabes quién es el asesino en el Oriente Express ya sabes el final y no te dan ganas de leer la novela porque ya sabes cómo termina. Por eso la mayoría de los cuentos de enigma, eso lo marcaba muy bien Borges, son cuentos, no novelas. El célebre Conan Doyle tiene, creo que son tres novelas, no más de eso. Todo lo otro son cuentos. Cuentos laaargos tiene. Para qué vas a estar haciendo toda una novela si lo que importa acá es el juego entre el lector y el autor de anticipar quién mató a quién antes de que se lo diga al final.
LINO: Si en las últimas veinte páginas puedo leerlo y saber de frente, ¿ah?
VICENTE: Claro.
LINO: El valor llega cuando no hay enigma que develar y lo interesante está al nivel de la escritura. Pienso en Baron Biza que arranca El desierto y su semilla con “En los momentos que siguieron a la agresión…” cuando cualquier otro dejaría el ataque como cénit de la tensión. Él empieza después.
VICENTE: Así es. Sí, sí. Un personaje increíble Jorge Baron Biza.
LINO: A diferencia de Benesdra que se suicida porque no consigue el éxito Jorge Baron Biza salta porque sí lo consigue, y ésta es una hipótesis de lectura de Marta Sialle, salta porque no se permite superar al padre en términos de éxito literario. Por eso ella habla de un ofrecimiento sacrificial al padre. Su padre Raúl era muy leído por la clase media argentina de los cincuenta y sesenta pero era un mal escritor. Una escritura testimonial quiero decir. Pornógrafo le decían pero nada que ver. He leído sus textos y pornografía no hay pero sí escenas de lesbianismo por ejemplo.
VICENTE: Para aquella época imaginate. Y bueno… ¿te ha servido? Ya estamos llegando a las ocho (N. del E.: estamos desde las 18.30)
LINO: Y yo no te largo. Si fuese por mí te tengo hasta las dos de la mañana. Vete pidiendo comida.
VICENTE: No, no (entre risas) Yo además de comer hago otras cosas.
LINO: Te agradezco el tiempo. Cierro con una.
VICENTE: Vamos a estar para escribir un libro sino.

LINO: Dice GPT 5 que sería bueno preguntarte, a nosotros nos parece malísima pero cumplimos con hacerla porque a todos los autores se la hacemos para que vean de estúpida que puede ser la inteligencia artificial: ¿en qué momento sabes que una idea pide la brevedad intensa del cuento y cuándo reclama la extensión de una novela?
VICENTE: Hay una frase que no es mía sino de Abelardo. En su decálogo, había una frase que decía que uno puede determinar quién es cuentista y quién novelista por lo siguiente: un hombre va por la calle y se cae. Si el que está mirando se pregunta por qué se cayó seguramente es un novelista. Si por el contrario otro que está mirando piensa en qué hará al levantarse, probablemente sea un cuentista. Un novelista empieza a contar una historia y te va llevando. Te exige que la sigas leyendo. Un cuentista se ciñe a un episodio. Quiroga y Los mensú. Borges y El sur. Lo que hace que esa historia pueda ser un cuento. Ahora bien, hay híbridos. Volviendo a Borges, si nosotros tomamos Emma Zunz, que es un formidable cuento, si lo toma un novelista tranquilamente pueda hacer una novela con la historia del padre y lo que le hicieron. Borges lo resume en siete, ocho páginas. Y punto. Hay cuentos que pueden transformarse en novelas y hay novelas que realmente deberían haber sido cuentos.
LINO: (risas)
VICENTE: Una lectora una vez me dijo sobre Gutiérrez a secas: “es un cuento”. El mejor elogio que me podía hacer, porque es una novela pero tiene el ritmo de un cuento. Entonces ahí ya te contesto.
LINO: Te agradezco el tiempo y la disposición.


