Matías Beltrán escribe sobre Faustino (Versión original, 2026) de Lucas Cosci
En el año 2011, Lucas Cosci, escritor y filósofo santiagueño, publicó su primera novela, Faustino, con Lucrecia. Trato de recordarme en ese tiempo y me contemplo recorriendo vidrieras para cambiar un viejo Nokia por un celular con tapita. Eran tiempos en los que, quizás sin que yo lo supiera, la velocidad daba sus primeros puñetazos.
En este 2026, el sello editorial Versión original reedita la obra. Ha corrido mucha agua bajo el puente en estos quince años y, para colmo, nunca cruzamos dos veces el mismo río.
La novela se estructura en cinco capítulos; cada uno de ellos con diferentes voces narrativas que se manifiestan a través de una lengua universal. Lo norteño se respira en el modo perifrástico de enunciar las acciones, en los temas y en el territorio capitalino, como la plaza Libertad, la calle Mitre y el mítico bar Los cabezones. La obra narra la historia de Faustino Álvarez, santiagueño, que en las primeras líneas acaba de morir en Asunción. En la vida ha dejado un derrotero fútil de amores y desamores, de amistades y una profesión de maestro sin demasiada vocación. La singularidad de Faustino reside en el talento para escribir cartas por encargo. Sus palabras vuelven adictos a los destinatarios y carentes a quienes las desean, pero que no pueden tenerlas. “No te pido amor, nunca te lo he pedido, pido tu palabra…”, suplicará una de sus relaciones amorosas.
Hasta aquí, breves generalidades, necesarias para el lector que bucea en estas líneas tratando de encontrar un relato que lo pesque desde el inicio, un desarrollo que se tensione entre los deseos de los personajes y lo que el mundo les permite, un final que sorprenda, sostenido en la orfebrería de la novela. Todo eso ha escrito Cosci, y más. Podría explorar ideas sobre existencialismo, alteridad, alienación, el eterno retorno, lo andino que tiñe todo con la presencia del protagonista muerto, las reminiscencias borgeanas y la reescritura de la literatura de nuestro territorio hasta ese entonces. Podría dejar que me habiten los poemas de Whitman, las ganas de los personajes de vivir la mentira y de seguirla, los caminos de los que debe despojarse el escritor, el desclavarse de “esta tierra de ponientes resecos”, para después añorarla. Tal es el entretejido del silencio y del juego de decir sin decirlo.
Porque hay Faustinos diversos en este jardín de senderos: el que percibe los últimos suspiros de una ciudad bohemia, sobre la que empiezan a invadir los carteles de locales comerciales, el Sísifo, aunque a mí me gustó más verlo como una flor de loto que se sumerge en el barro para volver a emerger, el de los personajes que son y se definen gracias a otros y los otros que buscan ser o definirse a través de él.
Pero no. Tengo ganas de enredarme con la relación entre el Faustino vendedor de cartas de amor y su cliente, Domenico Otamendi, sentir la intensidad de ese filatelista de origen rosarino, poseedor de una colección envidiable de estampillas. Su posición económica y social contrastan con su cuerpo, que roza lo grotesco, con su letra horrible, pero, sobre todo, con su patetismo para conquistar a una dama que ha conocido en un evento de la sociedad filatélica y, aún más, para desprenderse del capricho y de la obsesión.
Como si de un juego de espejos se tratara, Faustino, por su parte, también posee un tesoro: una carta de Domingo Faustino Sarmiento, escrita para su amante, que influye en su historia familiar, su percepción del presente y su devenir. Es un maestro sufriente, con sus lecturas y su hábito bohemio, talentoso para escribir cartas por encargo, para ser otros, y a la vez deseante de hacer carne su propio Facundo.
El protagonista se aventura en ese oficio de ghostwriter (¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?, dijo el poeta) de estos seres imposibilitados. Domenico es su cliente más fiel. Le brinda al escritor los datos necesarios y las cartas de Angélica para que mastique las palabras por él y le entregue una palabra tercerizada. Ya desnudado en su patetismo, el filatelista logra reconocerse: “Fuera de sus palabras, no existo, no soy sino una pura emoción que no encuentra la palabra adonde decirse, usted pone la palabra […] Usted es la razón de mi ignorancia.”
Cuando el protagonista decide cortar el vínculo, una suerte de expropiación, emerge el colapso que ha estado operando desde el silencio. Domenico Otamendi no ha sido más que un “cartero que lleva y trae correspondencia”. Y en este acontecimiento, habita una de las razones para intuir la necesaria y urgente segunda edición de Faustino, consagración reservada para unos pocos por estos pagos.
En tiempos de convivencia con la inteligencia artificial, el campo de la escritura literaria se debate entre la búsqueda de lo humano y el uso de esta “herramienta”. Hasta los ganadores de premios literarios de gran prestigio han reconocido la asistencia de la IA en sus escritos. Al igual que en los personajes de la novela, aflora en mí la idea de que cargaremos otra vez la piedra por la cuesta hasta que, muy cerca de la cima, vuelva a caer. Me invade la duda de saber si leemos a Domenico o al algoritmo imperfecto de Faustino. Me resisto al terror de sumergirnos en el barro para emerger, ya no transformados en un escarabajo, sino en carteros de la palabra.
“¿Cómo se hace para salir de esta trampa, de la trampa de una vida que se escribe a sí misma y después se pierde?”, dice el protagonista después de tanto emerger y sumergirse.
Meto la mano en el bolso con sobres que debo entregar. Elijo uno al azar, entre tantos otros. Un sobre ajado. Lo abro. Es una conferencia de Julio Cortázar. En ella cuenta que un escritor le dijo que, en ese combate entablado entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out.
Despego los ojos de la página y pienso que Cosci empieza ganando por puntos, capítulo tras capítulo y, hacia el final, con un golpe rotundo, nos hace besar la lona.
Matías Beltrán, 29 de septiembre de 2026


