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Lina Torres escribe sobre Las formas del tigre (Barco, 2026) de Ana Teresa Martínez

 

Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Roberto Juarroz

Las formas del tigre, de Ana Teresa Martínez, es una sucesión de relatos que narran las pequeñas grandes luchas cotidianas de los pequeños grandes seres humanos del mundo. Ingresamos al libro como quien entra a un territorio que al principio parece reconocible —una casa, un viaje, una familia, un pueblo, una ciudad— y que, a medida que avanzamos, comienza a abrir puertas hacia otros lugares. Debajo de lo cotidiano aparece siempre algo más: una memoria que insiste, una pérdida, una infancia que permanece respirando debajo de la vida adulta, un mundo rural que se transforma mientras todavía conserva sus huellas.

El narrador describe infinitos territorios, pero si hay uno privilegiado es el de la memoria. La casa larga quizá sea uno de los relatos más representativos de ello. La casa de la infancia no es solamente una construcción habitada en la niñez; sus habitaciones, patios y puertas organizan una geografía afectiva en la que “no había nada como quedarse allí por las mañanas a mirar” y mirar, en estos relatos, nunca es un acto pasivo, mirar es reconstruir.La infancia inventa otros mundos porque todavía sabe que una casa puede contener el universo entero y que seguirá siendo así aun cuando se la deje atrás.

Quizá sea justamente ahí donde aparece uno de los grandes movimientos del libro: aquello que alguna vez fue inmenso termina quedando atrás. La casa se abandona, el paisaje cambia, las ciudades se modernizan, las plazas desaparecen y las terrazas comienzan a exhibir modernidad y urbanismo. Frente a ese proceso, la escritura funciona como un espacio que habilita la resistencia de la memoria; no para congelar el pasado, sino para impedir que desaparezca sin dejar huellas.

Ana Teresa escribe, entonces, con una atención particular en los lugares, pero pone su mirada sobre todo en las personas que los habitan. Recuerda Eugenia Almeida en Inundación (2019) que cada vez que hay escritura, es un cuerpo el que escribe. En la prosa de Ana Teresa hay algo profundamente corporal en las descripciones del calor que se pega a la piel, en el hambre que aparece en los cuerpos, en el polvo que entra en la ropa.

Hay también, en estas páginas, una mirada persistente sobre quienes viven en los márgenes de los cambios: campesinos, trabajadores, mujeres, niños, pescadores, familias atravesadas por la pobreza, personas que esperan, que viajan, que enferman, que pierden, que mueren, que olvidan… En Maxi, la infancia aparece como una forma de supervivencia; el narrador dice En los ojos le bailaba la niñez como una aventura triste y con este oxímoron, que atraviesa el cuerpo como de un golpe, se instala una idea que va a recorrer la obra de principio a fin: la vida puede ser dura sin dejar de producir momentos dignos de ser atesorados y rescatados del olvido.

Si Las formas del tigre le da a la niñez un lugar privilegiado, reconoce todavía más el lugar central que ocupan las mujeres, reconociéndolas como quienes sostienen, recuerdan, trabajan, esperan, administran la escasez, cuidan a los otros y muchas veces quedan atrapadas en lugares que no eligieron. En Ofrenda, la enfermedad, la pobreza y el trabajo doméstico se entrelazan hasta convertir la muerte en la consecuencia de una vida sostenida casi siempre a fuerza de voluntad.

Hay algo profundamente silencioso en la escritura de Martínez, silencioso como los espacios que describe, como las personas que los habitan. Incluso cuando habla de la muerte, de la enfermedad, de la pobreza o de la violencia, no necesita levantar la voz. El dolor aparece en pequeños movimientos, como una madre que espera o que busca, una mujer que prepara la comida, una familia que organiza un velorio, una niña que mira desde una esquina, un par de zapatos viejos en la basura. Y acaso ese sea uno de los mayores aciertos de Las formas del tigre: comprender que una vida entera puede esconderse detrás de un gesto mínimo.

Al terminar el libro queda la sensación de haber recorrido muchos territorios y, al mismo tiempo, uno solo. La selva, la casa, el campo, la ciudad, el río, el barrio y la montaña terminan comunicándose entre sí. Todos son la respuesta a una misma pregunta: ¿qué hacemos con aquello que nos constituye cuando ya no podemos volver a ese lugar? Porque, quizás, escribir sea también eso: entrar una última vez en una habitación que ya no existe y descubrir que, mientras alguien pueda contarla, todavía conserva una puerta abierta.

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