Vicente Battista
La calle está en Parque Centenario, aunque decirle calle es algo pretencioso, apenas un par de cuadras que nacen o mueren (vaya a saberse) frente al Museo de Ciencias Naturales. Una tarde de hace muchísimos años, los alumnos de 6º A fuimos a visitar el museo. Al cruzar rumbo al parque nos topamos con la calle. Antonio Machado leí. Nuestras calles suelen llevar nombres de próceres, pero yo no recordaba ninguno llamado así. ¿Quién es? pregunté. Mi maestra me dijo que se trataba de un poeta español, y a partir de ese momento crecí con la idea de que las dos cuadras estaban dedicadas a aquel hombre que a puro verso había evocado su infancia en un patio de Sevilla y había llorado el crimen de García Lorca, en Granada, su Granada.
Cuando años después me enteré de que el nombre databa de 1904, de una ordenanza municipal del 28 de octubre de 1904, supe que había algo que no encajaba: Antonio Machado había publicado su primer poemario, Soledades, en 1903. Por consiguiente, o los funcionarios porteños de aquella época eran verdaderos profetas o se trataba de otro Machado. Efectivamente, era otro, que no era español sino portugués y que lejos estaba de ser poeta: se ganaba la vida como comerciante de esclavos. A bordo de su fragata Rosa del Río solía realizar viajes desde África hasta América del Sur.
A finales del siglo XVII la viruela se había convertido en una epidemia mundial. En 1797 el médico y poeta inglés Edward Jenner descubrió la vacuna que la neutralizaría, pero recién fue aceptada en 1805, cuando Napoleón ordenó vacunar a su ejército. Ese mismo año, la fragata Rosa del Río navegaba por el Río de la Plata, portando la vacuna en frascos de vidrio y en los brazos de dos negros. El traficante Antonio Machado preservaba así su mercadería: 38 esclavos que se disponía vender en Buenos Aires. Hizo una excelente venta y como prenda de buena voluntad le cedió parte de la vacuna al virrey Sobremonte.
Un siglo más tarde, las autoridades municipales porteñas decidieron honrar al esclavista con una calle. Hubo que esperar casi otro siglo para corregir ese error. El 16 de agosto de 2000 la Legislatura de la CABA sancionó con fuerza de ley que la calle Antonio Machado recuerde al poeta español. No cambió el significante, pero sí el significado y, de paso, le dio la razón a mi maestra de 6º A.
El miércoles 8 de junio, día del periodista, los viajeros del subte línea E se toparon con una sorpresa, la estación Entre Ríos había cambiado de nombre: Estación Rodolfo Walsh (ex Entre Ríos) anunciaba el cartel. Se cristalizaba así el proyecto de honrar, aunque sea por un día, a quien a fuerza de militancia, calidad y ética se había convertido en un modelo a seguir. El Sindicato del Subte, la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro, el Grupo de Arte Callejero (GAC) e HIJOS fueron los padres de la idea, y el lugar no fue caprichosamente elegido. Ahí mismo, en la esquina de San Juan y Entre Ríos, las fuerzas de la represión asesinaron a Rodolfo Walsh e hicieron desaparecer el cuerpo. Por un día, su nombre le dio nombre a la estación.
Gabriela Cerruti, diputada de Nuevo Encuentro, acaba de presentar en la Legislatura porteña un proyecto de ley para que ese cambio sea permanente. En Palacio los tiempos son lentos. Los vecinos de Villa Crespo, decididos a honrar a uno de sus grandes artistas, debieron esperar once años para que, por fin, los legisladores autorizaran modificar el nombre de la estación Malabia del subte Línea B. Ahora se llama Malabia-Osvaldo Pugliese. Confiemos que para la Línea E demoren menos y que, por favor, no pergeñen ensambles del tipo Malabia/Pugliese. Entre Ríos remite a dos aguas y, como bien se sabe, Rodolfo Walsh no fue hombre de ambivalencias, de navegar entre dos aguas.
