Mario Flores escribe sobre Una fe simple (La papa, 2026) de Sol Aliverti
La novela de Sol Aliverti publicada por La papa (2026) escoge como escenario la muerte anticipada en un hospice de ancianos. Carne y duelo, los dos elementos preponderantes de una ficción en primera persona que explora las fases de la enfermedad hecha lenguaje.
- Apagar el estímulo de las cosas.
Hay narrativas que, aunque conviven con la más ampulosa contemporaneidad, requieren de pocos objetos para construir su escenografía latente. Relatos que hacen de la poda un mecanismo: contar puertas adentro, con meticuloso detalle, pero sin recargar las palabras mayúsculas de la vida y la muerte. La protagonista de Una fe simple explica que, durante todo el tiempo que se dedicó a los muertos (es decir, todo el tiempo que transcurre en la novela), lo que sucedía en su vida “iba en un equilibrio mortífero entre la existencia y la desaparición”. En este intersticio es que se mueven las voces que Sol Aliverti pone a dialogar apenas en susurros. Puertas adentro, porque el escenario elegido -ahí donde la muerte fabrica su momento cúlmine con angustiante lentitud- prescinde de grandes habitaciones. Hablan más, los cuerpos que están en esas habitaciones. Por supuesto que cada cuerpo dice una historia, y la novela se estructura siguiendo estas historias. Pero lo que verdaderamente hace a la narración es este limbo que une lo evidente con lo evanescente. Difícil es recordar, o afirmar, cómo se conocen los personajes en esta novela. Amigos, amantes ocasionales, parejas. Una pátina de extrañamiento, síntoma del olvido, cubre los vínculos que se cuentan más como colisiones hechas nudo en la lengua. Los pacientes del hospice tarde o temprano morirán, en el libro o fuera del libro, es patente. Están ahí transcurriendo sus últimos días; la voz que narra abre y cierra esas habitaciones según los caprichos de ese no contar todo, todo.
Una cita de Paul Léautaud, dice: “Lo que hace el mérito de un libro no son sus cualidades o sus defectos. Está todo en esto: que otro que su autor no habría podido escribirlo. Todo libro que otro hubiera podido escribir es bueno para echarlo al canasto de papeles”. En esta aseveración, quien escribe actúa “como un enfermo que estudia sobre sí mismo las fases de su enfermedad”. Escribir es en sí mismo, una suerte de enfermedad. Para ubicar estos relatos de mortal, las novelas de hospital o las novelas de velatorio, suelen ser el común denominador en diarios reflexivos que tratan de diseccionar un realismo cercano a la carne, pero manteniendo el sentimiento de que -de este lado de las páginas escritas- seguimos leyendo a los vivos.
En las novelas de hospital, prima el olor a lavandina y las descripciones “duras” de lo clínico (incluso con su lenguaje correspondiente); en las novelas de velatorios, prima el fraseo conmovedor y reflexivo. Entre ambos relatos, hay una fase (una especie de vacío legal) que recorre el cuerpo, el lenguaje que le otorga un discurso, y la enfermedad que aísla a ese cuerpo de otras narrativas posibles. En Una fe simple, ese intersticio de lo vivo y lo muerto se convierte en plataforma de introducción, pero también en un limbo de la primera persona que registra la experiencia de esos cuerpos como historias que se abren y cierran, cuerpos que se apagan, identidades que se desvanecen. Cada vez que se presenta un nuevo personaje en la novela de Sol Aliverti, viene acompañado por la certeza de que dentro de pocas páginas, ese personaje morirá.
- Un instante de iluminación brutal
Es más o menos lo que ocurre en Una fe simple, en su modo de estar escrita. Chispazos furiosos, de repentina epifanía que, al ser imposibles de pasar por alto su luminosidad o la herida que dejan, marcan modos de conducirnos entre otros humanos quebrados. Capar ese quiebre, es el efecto luminoso de la novela. En el auto familiar, en pleno duelo aún fresco, suena Luis Miguel. Es la protagonista la que pone el cassette, quien presiona play, quien se sumerge en la voz del sol boricua. Pero se trata de la muerte, la normal muerte. Al ser tanta la normalidad, la frecuencia del drama gira en torno a otras conexiones, otras formas del dolor, de reconocer su magnetismo metamorfo. “Quise pedirle perdón a mi abuela, quise decirle que yo no había entendido, que recién entendía, que nadie me había dicho”. Una vez que la música se detiene, el silencio reina nuevamente para cerrar el capítulo. Es esta, la belleza de lo terrible, lo que confirma la meticulosidad de este limbo existencia-desaparición.
Como uno de los grandes tópicos de la industria editorial, la muerte es tan inagotable como metamorfa. En Una fe simple hay una voz que consigna la vértebra de los días, anotando mentalmente algunas escenografías terribles de lo corpóreo y la fragilidad humana. En la espiritualidad de bolsillo contemporánea, se escribe a través de la muerte, no desde ella. Por eso, el tono edulcorado de quienes narran la muerte de los otros se convierte en un engaño. Aliverti decide elegir una vía menos predecible: narra la voz como un papel testigo, pero involucrándose en el tejido de ese fenómeno inasible. No escasean personajes en la literatura argentina que, con superioridad moral, cuentan la muerte como una aventura de lo ajeno. En Una fe simple, el proceso paulatino de “la indeseada de las gentes” deja secuelas no solamente en la vida emocional de la protagonista, sino que hace mella en el lenguaje escogido para diagramar esa fe. Un mundo interior hecho a fuerza de pequeños rituales, incluyendo el ritual de observar con soltura el avance lento pero certero de la muerte en los cuerpos de geriátrico. “El lenguaje sirve para que el horror no revele su esencia”, dice la narradora, mientras aprende que el tacto es lo último que se pierde pero que en el transcurso de ‘irse muriendo’ muchos pierden la forma de comunicarse. Por señas, ademanes y movimientos, también se construye el contar.
Por un lado, la narradora de la novela ingresa como voluntaria a un hospice, una casa en la que reposan distintos seres que aguardan pacientes su hora de morir. En ese limbo narrativo que tensa la naturalidad, la espantosa normalidad de convivir a diario con la excomunica, se encuentra con lo tullido sin voz, lo quebrado sin final resuelto, lo informe como estructura del tiempo en movimiento. A veces, el enfrentarse con la mortalidad es, como describe la novela, un “espanto nuevo”, algo con lo que los lectores también tenemos que acostumbrarnos: pañales y suturas, sueros y algodones, olores y pesadumbres que pertenecen a ese ecosistema de lo que se denomina “salud”. Pero al revés que en las novelas de hospital, este relato no se convierte en narrativa de espera: los ancianos del hospice esperan su propia muerte; pero la protagonista, y nosotros que la leemos, esperamos otra cosa.
Por otro lado, Ana. En paralelo al conocimiento que deviene de las habitaciones del hospice (habitaciones que se abren y se cierran como cuadros en una obra cuyo fondo no cambia, dando un panorama de los restos de vida que asisten a este purgatorio), se realiza una lectura del nexo entre muerte y amistad. Se sabe que la novela recorre duelos anticipados, muertes cercanas que se retroalimentan. Entonces cada episodio, cada nombre, explora una sensibilidad del tacto. Sin revolcarse en la defección fácil del asco frecuente en las ficciones de hospital, Una fe simple hace mínimo el gesto auscultatorio a fuerza de un diálogo demencial por lo humano y por lo breve.
- Un truco de la naturaleza
Se menciona la Biblia y se menciona el Talmud, posiciones de yoga para avanzados y espiritismo fantasmal. Todo lo que la palabra ‘fe’ puede llegar a significar, vender o romper en el orden lógico de estas vidas, las vidas que se narran. ¿Cómo es afrontar la propia consciencia de la muerte inminente? No se ahonda en esta cuestión, y no es una de las preguntas que se construyen: simplemente se enfrentan los vivos con los muertos, se apilan sus memorias en tiempo presente y “ordenado como en un santuario pagano”. La mezcla del detalle mínimo con la grandilocuencia del fenómeno que se discurre. Por momentos, la narradora no se dirige tanto a su amiga como a la muerte de la misma, a ese morir en sí mismo que ha generado una escritura de la angustia.
Entre los enfermeros y voluntarios del hospice, existe una especie de código interno en los cuadernos de informes de la institución. Cuadernos en los que se consignan el día tras día de cada “jefecito”, como llaman a los internos. Cuadernos en los que no se cuenta “todo todo”. Se tratan de cuadernos con anotaciones leves, formales, de ímpetu clínico sin sentimentalismo alguno. Entonces la novela funciona como una doble anotación, sin divisiones capitulares que vayan más allá de un espacio que otorga respiración a la prosa. “Algo se disloca: pero no como un hueso que se sale de lugar, porque ahí hay una referencia hacia donde volver. Algo se sale en el sentido más caótico, algo se disloca en el vacío”. De alguna manera, la novela es ese otro cuaderno en el que sí se cuenta (o anota) todo todo.
“Un pozo sin fondo es el terror de la mente”, dice la voz que narra, y ese acercamiento a lo inhóspito demuestra que no se trata de una anécdota sobre los muertos propios, sino un acontecimiento en tiempo presente. Lo que Lacan describe como la condición contenedora del ‘vacío’, este fenómeno de desaparición en el relato de lo propio haciendo carne -en el libro- la historia del otro. Hay un “hoy” en la novela, que justamente en las últimas páginas marca la temporalidad. En un vaivén temporal, Ana recuerda el único atisbo de la infancia (porque no es una novela retrospectiva sino novela de la muerte), en el que una tortuga mascota es enterrada viva, para ver si es verdad que sobreviven bajo la tierra. Cuando la tortuga es encontrada seca y sin vida, se descubre no la muerte sino el secreto que rodea al fenómeno. Con esos no decires también se configura un tono de esa amistad: el cáncer como una incógnita que, ya sabemos, acarrea calvicie y bajas defensas, pero ¿qué sucede cuando se lo habla? Una cuestión, claramente, de fe: “Es difícil ver a alguien y no pensar en la huella que la dañó”, dice el libro. ¿Leemos, entonces, el cuerpo que muere o la huella de lo que lo mata?
“Una forma de acompañar la muerte como un buen perro acompaña el galope de un caballo”, dice. Así como el fenómeno de la muerte es indetenible y su cuota de misterio deviene en la incomprensión de su disfraz, la novela se encarga de narrar a la par su vivisección. Relee su propia enfermedad, estudiando las fases de ese contar.
