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“Narrarnos de otro modo”

Entrevista a María Lobo

LINO: Gracias por la predisposición y por tu palabra. Hoy más que nunca se agradece a quienes le hacen pensar a uno. Capaz todas las generaciones sientan lo mismo. Capaz no. La premisa de Ciudad, 1951, que dos personas que pueden recordar el futuro se encuentran, es muy original y me sorprendí a mi mismo aceptando el pacto de lectura propuesto ya en la p.18 (la novela tiene más de doscientas). ¿Puedes contarnos de dónde salió esa ocurrencia? Si es que las ocurrencias salen o si es más bien que están socialmente disponibles, que son pensables. Además está el contexto histórico en el que se desenvuelven los personajes.

El ensayo en el que María le escribe a Latinoamérica.

MARÍA: Es muy hermoso lo que decís, la diferencia entre las ocurrencias que salen y aquello que está socialmente disponible. Porque es cierto que en los procesos creativos las ocurrencias pueden parecerse a una especie de aparición. Pero quizá eso que sale no es arte, no es literatura. Quizá para que haya arte la ocurrencia tiene que atravesarse a sí misma, volverse idea. La ocurrencia es idea sólo después de ese proceso, cuando se atravesó. Porque una idea dice algo, más allá de la ocurrencia. Si me pongo a pensarlo, no diría que el hecho de que los personajes de Ciudad recuerden el futuro haya sido una ocurrencia, en el sentido de que no llegó como el comienzo de algo. Más bien, te diría que fue lo contrario. Esta novela necesitaba contar una historia de amor en un momento histórico particular, la construcción de la ciudad universitaria que se imaginó como la más importante de América Latina, y que iba a estar en el cerro San Javier, en las montañas de Tucumán. Un proyecto arquitectónico y cultural, un proyecto de país que nunca se concretó, y que nos dejó un cadáver de hormigón enclavado en el cerro. En el plan de contar esta historia yo tenía una idea clara. Ciudad tenía que hablar del pasado y de lo inconcluso, pero no desde la nostalgia. Me interesaba la melancolía. Y hoy te diría otra palabra. Me interesaba el anhelo. Cuando ya tenía más de la mitad de la novela escrita, empecé a pensar que llevaba un buen tiempo intentando esquivar la nostalgia. Quizá porque yo sabía algo que los personajes no. Y entonces me permití dejarlos saber. Así es como se construyó la idea de que Benita y Charles pudieran recordar el futuro. Y eso fue a parar a las primeras páginas porque la novela nunca pretendió hacer el foco en eso ni sumar esa cualidad de los personajes a la trama. Fue simplemente una forma de liberación. La idea de recordar el futuro hizo que los personajes fueran hacia el anhelo y la melancolía. Y también permitió ir hacia la levedad, para pensarlo con Calvino, tan presente en la novela. Hacer que los personajes recordaran el futuro fue una forma de saltar sobre el sarcófago de lo real, como diría Ítalo. Una forma de quitar el peso con el que la Historia con mayúsculas ha cargado a la historia de la ciudad universitaria. Contarla no desde lo pesado sino a partir de una nueva posibilidad.

La novela de los personajes que sienten nostalgia por el futuro

LINO: Acerca de la provincianía como condición para la producción, perdón por el lugar común, imaginamos lo mucho que te insiste el mundo con esto. A la de regional y provincial como adjetivaciones para una literatura la pensamos como una marcación de subalternidad. Lino de hecho viene de “LIbros del NOrte” pero no lo decimos en ninguna parte para no auto sabotearnos. Sabemos cómo se lee eso desde el centro: como cosita menor. Estas marcaciones de inferioridad alcanzan a la lengua también. Es muy común que a un santiagueño le hagan sentir fuera de su provincia que habla una lengua fallada, una lengua mal hablada, que uno tiene en la boca y en el pensamiento una clave casi insignificante o en el mejor de los casos fuera de época. Cómo nos hacen repetir “el perro y la carreta” para reírse con nuestra pronunciación afectada de las erres. En Ciudad, 1951 dice Benita: Venís de la provincia y la provincia no es un lugar importante. Sos mujer. Ya sabés que nadie va a prestarte atención de otro modo. Soy un caniche que salta, eso es todo. Y un poquito más adelante sigue con: cuando alguien te pone en un lugar supuestamente importante (…) para rellenar un cupo (…) estás ahí porque alguien ha querido señalar que tenés algo de valor a pesar del lugar donde has nacido. Repetimos las disculpas si es un asunto con el que te insisten mucho. Queremos conocer tu posición.

MARÍA: Nunca me molesta hablar de la provincianía, al contrario. Es un territorio evidente de mis libros. De hecho, acaba de publicarse mi primer volumen de ensayo, Tierra acostumbrada, y en junio sale mi nueva novela, que viene a cerrar un período que me gusta pensar como el de la trilogía de las ciudades a media altura, integrada por El interior afuera, Ciudad, 1951 y esta nueva novela. Y en todo ese recorrido no he hecho otra cosa que situar lo provinciano en el centro. Ahora mismo estoy transitando hacia otros mapas de ideas; trabajo en un nuevo libro en el que intento escribir desde la perplejidad. Voy hacia la zona de las imágenes, de la inteligencia artificial y de la fantasmagoría. Pero desde que escribo, hace más de veinte años, Tucumán y la provincianía fueron centro de mi territorio de escritura. Así que no me molesta para nada hablar de eso. He tratado de dejar algunas ideas sobre el ser provinciano, el modo de habitar los territorios tierra adentro, no sólo en nuestro país, sino en las periferias del continente, por qué no del mundo. He tratado de pensar en las implicancias de habitar un lugar no-central. Esas ideas tuvieron como punto de partida esto que acabás de decir, la sensación que experimentamos en las provincias de ser tratados, como decís, “como cosita menor”. Un punto de partida fue precisamente que exista el adjetivo que acabás de señalar, provinciano. Y en mi caso, lo identifiqué con la sensación de la incomodidad, de enojo. Mi escritura intentó hacerse cargo de esa sensación y salir de ese estado, el de las sensaciones. Me he pasado los últimos diez años detrás de ese propósito. Fui hacia un territorio de lecturas que pudieran hacerme pensar mejor para dejar algunas ideas y no declaraciones rápidas. La Literatura, la Historia, la Filosofía, la Sociología Literaria iluminaron mucho. Y finalmente mi posición, que es lo que me preguntás, está explayada en los ensayos de Tierra acostumbrada, cuyo subtítulo es, precisamente, El paisaje de provincias en el imaginario latinoamericano. En ese libro me pregunto por qué razón en América Latina y en nuestro país se han escrito tantos libros que, cuando tienen que nombrar a la provincia, eligen el imaginario de orden del centro, que es el que identifica a la provincia con lo rural y a lo rural como el espacio del atraso. Ese imaginario que plantea que, detrás de las fronteras de las capitales, acecha un territorio peligroso, violento, polvoriento, donde las personas se comportan de un modo más lento y te pueden matar. Me pregunto por qué razones algunas escritoras y escritores vuelven a ese imaginario en libros que se escriben hoy, como si los siglos no hubieran transcurrido. Me pregunto cuáles son las razones por las cuales, en nuestro país, se han invisibilizado a las provincias en su cualidad de lo que son, ciudades a media altura, complejas en su relación con la cultura del capital. Me pregunto si, acaso, esos libros no han contribuido a que los santiagueños y los tucumanos tengamos esa sensación de que hablamos un lenguaje fallado. Me lo pregunto porque, si bien los libros escritos desde ese lugar quizás sean pocos, pertenecen a autores de peso. Sin ir más lejos, seguramente el primer nombre que se nos viene a la cabeza cuando decimos autora o autor provinciano es uno de ellos. Los que escriben que la provincia es un territorio ruralizado donde nos arrasan los vientos. No sé si el libro abrirá alguna clase de respuesta. Pero sí pretende plantear la posibilidad de pensar qué pasaría si la literatura que encierra a la provincia en la semántica del atraso empezara a escribirse desde otro lugar. Qué pasaría si empezáramos a narrar los territorios tierra adentro de otro modo.

LINO: Detectamos que abunda en todo el territorio argentino lo que llamamos la sociedad de aplausos mutuamente legitimantes. No quiero personalizarlo mencionando a la SADE pero bueno acá lo estoy haciendo, ¿no? Tal vez somos injustos con esa mención porque no es una cosa de dinosaurios con exclusividad. Hay jovencitos que también reproducen estos modus operandi. El viejo y bien llamado intercambio de favores, materiales y simbólicos. Queremos darle batalla a esa lógica y por eso nuestra insistencia con promover la posibilidad de una lectura crítica sin que eso nos cueste amistades. ¿Será que estamos ante algo estructural? ¿O ves alguna posibilidad de cambio?

MARÍA: Para mí, la literatura es intervenir el campo cultural. Así que los aplausos y las legitimaciones, que en general legitiman precisamente lo dominante, los temas y los géneros de moda, no son cuestiones en las que me detengo. Porque el aplauso no interviene. Sólo hace ruido. Al margen de eso que circula y vende hay escritoras y escritores que están ahí, haciendo lo suyo. Que no ocupan su tiempo en tejer redes de contactos para salir en el Instagram sino en guardarse, leer Historia, Filosofía, escuchar música, mirar películas, pasarse horas mirando una pintura, pensando. Y también hay editoras y editores que todavía confían en esos libros. Ese es mi territorio de lectura. El lugar desde donde pienso y escribo.

LINO: En una entrevista para La papa dijiste: “Se puede ser un escritor de centro desde cualquier provincia”. Llama la atención porque suena contraintuitivo. Porque esa proposición rompe la lógica centro-periferia.

MARÍA: Esto que decís se vincula con lo que hablábamos recién, los libros que insisten en describir a la provincia como un espacio rural y de atraso, sin sus edificios de media altura, sin tiempo. Esos libros no necesariamente han sido escritos ni se escriben en la capital. Y, de hecho, la autora actual y más resonante que suscribe a ese imaginario nació en una provincia. En el territorio de las ideas, el lugar donde hemos nacido realmente no tiene importancia. Lo que importa es qué hacemos con las ideas de orden. Escribir es tomar esa decisión. Sostener las ideas dominantes. O ponerlas en discusión. No se trata de porteños y provincianos. Se trata del territorio imaginado donde decidimos pararnos. Se trata de asumir que, desde ese libro que escribimos, trazamos una idea de país y que quizá esa es la idea que habitarán las personas, en el futuro.

LINO: De su lectura de El interior afuera Gabriel Artaza Saade dijo para La gaceta que “evoca una expresión que Lacan denominó extimidad, y que María Lobo puede nombrar en esta novela”. Lo éxtimo sería aquello que es externo pero a la vez íntimo, por lo tanto, lo más propio e intransferible puede vivenciarse también como extraño, en un lapsus por ejemplo, al decirle por el nombre del ex a la pareja actual. ¿Qué crees que llevó a Gabriel a sostener esto?

MARÍA: Gabriel es psicoanalista y tendrá sus razones para haber señalado eso como una cualidad de El interior afuera. Por mi parte, vuelvo a otra idea de la que hemos hablado recién. La literatura como intervención al campo. En ese libro en particular, estuvo presente la polisemia. El interior como lugar de intimidad y el interior como espacio geográfico.

LINO: Se repite que abunda en el presente la llamada literatura del yo. ¿Te preocupa que la producción de alguna manera se estandarice? ¿Será que esto es inevitable?

MARÍA: Hace un tiempo escribí un texto que, de alguna manera, rodea la idea de la literatura del yo. Más que en la nocividad de la literatura del yo, propondría otra distinción. Pienso que hay autores y autoras que entienden a la literatura como un espacio para pensarse a sí mismas y que no se detienen de una manera más calma a pensar el campo en el que escriben y en aquel que, por el solo hecho de escribir, van a contribuir a configurar. En ese texto, traía el ejemplo de una escritora a la que le preguntaban por qué cambiaba de editorial; la respuesta de la escritora fue que lo había hecho porque ella necesitaba ser feliz. No hablaba de ideas ni de discusiones políticas. Ni de conversación con ideas ni con tiempos otros. En esa misma entrevista le preguntaban por los temas de sus libros, y ella respondía a cada cosa con anécdotas personales. Me refiero a esos autores y autoras que escriben como si inauguraran algo. Como si no hubiera un campo de ideas anterior, presente, futuro. Me parece que no hay un problema en la literatura del yo en sí, porque se puede escribir de uno mismo y, en ese gesto, trascender hacia otro, intervenir el campo cultural. Me parece que la cosa se complica cuando entramos en el territorio de la egolatría, ese espacio donde nosotras y nosotros somos el principio y el final de todo.

LINO: Hoy en día se escuchan lecturas del presente muy pesimistas. Alarmistas y casi apocalípticas. Que somos los últimos mohicanos de la lectura, que nuestros chicos más lúcidos están silabeando recién a los diez años, que los estudiantes de grado no tienen comprensión lectora. Que somos todos adictos a los smartphones y que socialmente arruinamos nuestra capacidad para prestar atención de forma sostenida. Queremos preguntarte ¿cómo la ves?

MARÍA: Como te decía recién, estoy en plena escritura de una nueva novela que se sitúa precisamente en ese otro territorio de ideas, el de la inteligencia artificial. Hace un tiempo largo que vengo leyendo sobre esto. Mi estado es el de perplejidad. Supongo que, en ese libro, aparecerán preguntas. Que es lo único que me preocupa cuando escribo. No las respuestas. Las preguntas.

LINO: Gracias de nuevo por el tiempo y por el trabajo.

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